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May 23 DESNUDATomó el pincel con su mano y se dirigió al cuadro que estaba pintando. Unas líneas difusas, incongruentes para un profano, estaban allí reflejadas, como el guión de un boceto salido de la mente del artista.
Unas horas antes había llevado a vagar sus dedos por aquella superficie inmaculada, y los mismos, habían dejado unas pequeñas huellas, unas marcas que parecían dictar un patrón a seguir. Entonces estaba desnuda ante el lienzo, igual que ahora. Le gustaba pintar desnuda, sentirse como esa pieza que poco a poco iría recubriendo y dando forma con nuevas vestimentas, con pequeños detalles, con infinidad de colores.
Su pensamiento vóló lejos, a miles de kilómetros. Una sonrisa afloró a sus labios sin que se diera cuenta. Cerró los ojos y escuchó una música imaginaria, una voz que llegaba desde la distancia y que la decía que la amaban.
Era hermoso el cuadro aquel que llegaba a su pensamiento, pero ¿cómo reflejarlo?, ¿cómo hacer que sus dedos llevaran aquellas sensaciones hasta el lienzo? ¿cómo plasmar en una tela lo que el corazón sentía en ese momento?
Abrió los ojos y vio la estancia donde se encontraba, el pequeño estudio que guardaba sus secretos. Este era su reino y aquí, en este pequeño cuarto era feliz, entre sus telas pintadas, sus pinceles, sus tubos de pintura y tantos recuerdos que estaban esparcidos por doquier y que fueron, en su momento, fruto de unos sentimientos rescatados.
Miró su mano y sintió en ella una caricia, algo así como el soplo de unos labios sobre su palma y sus dedos. Quizás estaba soñando, quizás su imaginación deliraba y pensaba cosas incongruentes, pero no, aquella sensación era más fuerte y cada vez, más intensa.
Su mano cobró fuerza y de pronto con el pincel entre sus dedos se dirigió al lienzo. Era la mano la que dictaba, la que dibujaba, la que acariciaba la tela. Sus dedos trataban de dar vida a una superficie blanca y casi muerta, que estaba esperando la luz, el color y la fantasía.
Desde su desnudez fue viendo como su mano iba cubriendo el lienzo, como lo iba vistiendo con ropa de calle, como la vida iba acudiendo a esa pequeña superficie con esos pequeños detalles que la mano, su mano iba trazando sin pausa alguna.
Hizo un alto y se llevó la mano al pecho. Sorprendida miró su cuerpo y se vió vestida. ¿cómo era posible esto si antes había acudido a pintar desnuda, como siempre?
Miró al cuadro y vió allí una figura familiar, la que había trazado su mano sin ella darse cuenta. Era la figura de la persona amada que la estaba mirando, que la contemplaba desde aquellas líneas que sus dedos habían dibujado. Aquella figura miraba sus ojos, miraba su cuerpo, la seguía a todas partes, parecía como si sus ojos tuvieran vida propia.
Quizás por ese motivo, y sin darse cuenta, por una vez en su vida se había vestido, inconscientemente, mientras pintaba. Para que él no la viera desnuda, para que la contemplara bella y arreglada, para que pudiera admirar su cabello precioso, sus ojos de ninfa, sus labios temblorosos, su pecho agitado, pero también para que no viera el deseo que afloraba a su cuerpo, a su piel temblorosa y que reservaba para otro momento de más intimidad, donde otras telas, y no la del lienzo, cubrieran sus cuerpos, en el lecho.
Rafael Sánchez Ortega ©
03/11/07 March 13 EL ANGELUSLa campana, del pequeño pueblo castellano, sonaba anunciando el medio día. En medio de la campiña y bajo el sol cruel que arrojaba sus rayos a la tierra, un humilde campesino dejó su azada, se quitó la boina y alzando los ojos al cielo musitó una plegaria.
Parecía una estampa sacada de un álbum de otros tiempos ya pasados. Hoy nadie hacía eso. Nadie reparaba en esa hora que separaba las dos partes del día y menos aún, nadie recordaba que era la hora del ángelus.
Aunque mirando con atención la figura de nuestro hombre también contrastaba un poco con el mundo actual. No era habitual encontrar a un campesino en los campos, a medio día y con el sol a plomo que caía. Eso era algo que pertenecía al pasado, a esas páginas ya olvidadas y caducas de la historia castellana.
Entonces se trabajaba de sol a sol. Se sudaba la camiseta y se dejaba la piel sobre la tierra, para conseguir arrancar de la misma, el fruto que crecía a partir de la semilla primera que se plantaba.
Aquella semilla se cuidaba y se mimaba en exceso, en la sementera, porque de ella dependía el pan de la familia. Se la protegía de las hierbas que pudieran impedirla crecer. De las lluvias indiscriminadas de la primavera, canalizando regatos para que el agua no ahogara las plantas. Se la regaba en las proximidades del verano,
cuando el calor abrasaba los campos, y se la recogía, por fin, en los sembrados separando el fruto de las pajas.
Eran otros tiempos, es cierto. Entonces había que trabajar en peonadas ó en pequeños terrenos cedidos a cambio de una parte de la cosecha. Incluso las casas, los animales y hasta los enseres eran prestados a cambio de la mano de obra, de ese sudor de sol a sol, de ese estar mirando al cielo para que un día trajera la lluvia, no excesiva y en su justa proporción, y otro día se miraba buscando la nube que pudiera alojar el pedrisco y la tormenta que quizás diera al traste con tantos proyectos y pequeñas ilusiones que la gente campesina albergaba conseguir con el producto e intercambio de la cosecha ya a punto.
Entonces se rezaba una oración, se rezaba ese ángelus y se miraba al cielo buscando allí la respuesta y la solución a los miles de problemas que cada familia tenía.
Pero eran otros tiempos. El sol quemaba, quizás como ahora, pero la tierra daba frutos. Había tierras de sobra y unas se dejaban en barbecho para que descansaran. Se llevaba también un sentido de rotación plantando en unas el trigo y la cebada mientras que en las pequeñas huertas se sembraban las patatas, las alubias y el maíz.
¡Es cierto, eran otros tiempo!, por eso la figura de este hombre, la hora del día, la campana sonando y el rezo del ángelus invitaba a una pequeña reflexión de lo que ha sido su vida, de lo que ha sido su historia y de que a pesar de todo los progresos, el hombre, ese hombre del campo, simbolizado en esa figura descubierta a pleno sol y rezando, sigue siendo la pieza central del universo y de la vida.
Rafael Sánchez Ortega ©
04/06/07 January 20 EL POEMA DE LA VIDAQuerida amiga...
Son las tres y media de la mañana y tú duermes ya, en tu cama, dulcemente. Yo me siento ante una cuartilla en blanco, simbolizada en una pantalla por la que se van deslizando las letras, que salen del teclado, impulsadas por mis dedos. Ignoro si la noche es bella, si brilla la luna, si hace rocío y si el silencio es roto por el pasar de los autos ó por el maullido de un gato que se para en la calle mandando un mensaje de amor. Aquí, el rumor del mar, se escucha fuertemente. La barra queda lejos de donde vivo, pero así y todo, en estos momentos, el sonido de las olas, es un rumor constante que parece una música de fondo que al escucharla estremece los sentidos. Estoy sólo en la habitación. Sólo con mis sueños, como dice el poema. Sólo en la inmensidad del espacio, sólo ante el cuaderno y sólo ante el espejo de mi alma. Y en esta soledad escribo sin orden, sin premeditación, sin un guión definido, sin saber bien lo que quiero transmitir. Y escribo simplemente para dejar unas líneas en la cuartilla, para decirle a ella lo que quizás quiero decirme a mi mismo, lo que no soy capaz de decirme cuando me miro al espejo en las mañanas. Y me digo que la vida pasa, que mi tiempo se va terminando, que el reloj avanza, que cada vez quedan menos granos de arena en ese invisible aparato que mide el tiempo de nuestra vida. Pero eso ya lo sé, ya lo sabemos todos. Cada vez que una persona nace, "emprende, sin saberlo, una carrera contra reloj hacia la muerte". Recuerdo esa frase como si fuera hoy cuando la escribí por primera vez. Tenía dieciséis años. Sí, dieciséis pletóricos años llenos de juventud y de sueños. Estaba empezando a vivir y ya pensaba en la muerte. ¡Es curioso!... La vida y la muerte son una constante en la vida, igual que el amor y el odio, la risa y el llanto y tantas otras cosas donde parece que a la parta positiva se contrapone la parte negativa ó si queremos, la parte real y dura que nos rodea. Porque en definitiva así es, tras la vida va la muerte, tras el amor se esconde el odio, y tras la risa el llanto y así sucesivamente, aunque muchas veces estos sentimientos y estas sensaciones las dejemos olvidadas y guardadas en un rincón del alma durante mucho tiempo.
Sin embargo yo no quiero morir, igual que tú, y tampoco quiero odiar, sencillamente porque no sé hacerlo, ni tampoco quiero llorar, aunque muchas veces las lágrimas hayan corrido por mis mejillas abundantemente. ¡No!, no quiero todo eso y quizás ese es el motivo por el que me refugie en mis sueños, me recluya allí, me suba a esa nube de cristal y no viva la vida en su realidad y en su eterna dimensión.
La vida es un poema con días azules y grises, con momentos blancos y negros, con tardes de sol y de tormentas y todo en una mezcla incesante y continuada que no para desde ese momento en que venimos a la vida y un día, cuando el Destino lo tiene así fijado nos marchamos y desaparecemos hacia el infinito. La vida es un poema y nosotros somos los versos que lo componen. Los versos, las estrofas... Quizás en el fondo somos un poema en cada una de nuestras vidas y pugnamos por ser el más hermoso poema de la vida en esa lucha y competición por agradar a un Dios en el Olimpo. Un Dios que nos espera, que en su momento nos engendró y nos dio ese soplo de vida para luego, cuando él decida, quitarnos ese hilo invisible que nos ata a la tierra y llevarnos a su lado, para que le recitemos un poema... ¡El poema de nuestra vida! Un beso en esta noche, Rafael Sánchez Ortega © 01/06/07 January 05 CARTA A LOS REYESQueridos Reyes de Oriente, querido Niño de Belén...
Sé que es tarde para escribir una carta y que la misma, quizás, se pierda entre las miles y miles que estos días se entregan. En realidad hay cartas que se entregan a los Reyes pidiendo un regalo, un deseo, pero también hay otras cartas que se les mandan, para que las hagan seguir al Niño que ha nacido en estos días y, para que él, sea el receptor de nuestras letras.
Esta quiere ser una de esas cartas a las que me refiero. En realidad no tiene nada especial, ni tampoco voy a pedir nada especial. Quizás, tan sólo, voy a escribir con los ojos abiertos, alejados por un momento de los sueños, para pedir el mensaje que ese Niño nos trajo hace años, en estas fechas que ahora celebramos.
Quiero pedirle simplemente El Amor.
Pero que sea un amor generoso, como él sabe muy bien que existe y así nos lo dijo en su nacimiento. Un amor limpio, sin reservas, un amor que llene los corazones de todos los hombres y, que nos haga ver, en cada uno de nosotros, a la persona hermana y portadora, del mismo sentimiento que nosotros deseamos.
Quisiera que, esta noche de Reyes, el Amor, con letras mayúsculas, llegara a todos los hombres y nos hiciera un poquito más niños de lo que somos. Que pudiéramos mirar en el día con ojos abiertos a los ojos que nos miran, sin desviar la mirada, sin buscar excusas para no hacerlo, sin dar motivos para evitar esos ojos que te llaman esa boca que te habla y a la persona que te saluda.
Quisiera que en la noche pudiéramos salir afuera, aunque sea tras la ventana, para ver a la luna y las estrellas, charlando en ese lenguaje mudo y sin palabras, en que ellas hablan y se comunican, mientras se cuentan cosas y se cantan las más hermosas melodías que nadie ha escuchado jamás.
Quisiera que cerráramos los ojos y durmiéramos profundamente, con la seguridad de que el amor está naciendo en nuestro pecho, en nuestra alma y que la mano extendida que deseamos tocar es una prolongación del amor, de nuestro amor y del que esa persona está ansiando recibir, tanto como nosotros.
Quisiera que después de esta noche, y tras este sueño, quedaran atrás nuestros egoismos, nuestras hipocresías. Que pudiéramos mirar sin miedo a los ojos de las demás personas y que ellas, también, pudieran hacer lo mismo con nosotros. Que ese miedo a los demás, a lo desconocido, se conviertiera en amor y entrega, ya que con este sentimiento, tan sencillo, que quizás duerme, en el fondo de nuestros corazones, podemos conseguir cambiar el mundo y hacer que todas las personas sean como niños.
Quisiera por fin, que el mensaje de aquel Niño, venga de nuevo, aunque sea una y mil veces a todos nosotros, para que seamos nuevamente niños, para que saquemos esa parcela que tenemos olvidada en nuestra alma y veamos que nada nos diferencia, que, en realidad, todos los hombres somos iguales y que el camino de la vida es el amor.
Sí, ya sé que mi carta llega tarde, que quizás ni sea abierta por los Reyes y, menos aún, leída por su destinatario, ese Niño que un día vino a nosotros, de una manera sencilla, a dejarnos ese mensaje tan especial, que decía: "Seamos como niños para alcanzar y comprender el amor"...
Pero escribo la carta en esta noche y, como niño que soy, espero que ese sentimiento del amor renazca y haga estremecerse, nuevamente, a mi alma.
January 01 VINE A CERRAR UNA VENTANA Y, A LA VEZ, ABRÍ OTRA NUEVA...He venido simplemente a cerrar una ventana. Hace unas horas sonó el reloj y sus campanadas anunciaban el fin de una etapa de la vida y el comienzo de otra nueva.
El año 2007 se ha marchado con sus luces y sombras, con sus risas y llantos y creo que debo cerrar esa ventana para que su recuerdo duerma, en el alma, ese sueño reparador del tiempo. A la vez que impido que la nueva luz moleste al año durmiente, cierro también la posibilidad de volver la vista atrás, al pasado y, al recuerdo de ese año agotado y me centre en que el año nuevo, el que acaba de comenzar es el presente y el futuro de la vida, de mi vida y la ventana abierta para poder mirar a las personas, a las cosas y a todo lo que me rodea. Existe mucho fuera de esta nueva ventana abierta esperando, igual que había mucho, también, tras la ventana que acabo de cerrar. Pero esta última ya es pasado y no quiero volver la vista al pasado si no es para rectificar errores y para corregir todo aquello en que pude faltar a los demás, sin darme cuenta y sin ser ese mi propósito. A través de la nueva ventana que hoy se abre quiero mirar al cielo limpio y puro, quiero creer en la gente, quiero sentir la caricia del sol, quiero escuchar el sonido del mar en la costa y en la montaña, quiero sentir al viento como acaricia mis cabellos y mi cuerpo en la montaña, quiero en una palabra, "sentir la vida nuevamente", para poder vivirla, y hacerla así, extensiva, a todas las personas cercanas, que me rodean. Estas líneas improvisadas surgen ahora y aquí, en esta noche, cuando vine a cerrar una ventana y a la vez, abrir otra nueva. Estas líneas no obedecen a un patrón definido ni tienen un mensaje oculto. Un año ha terminado y con él se cierra una ventana. Dejemos que ese tiempo duerma simplemente, repose y descanse y tiempo habrá en el futuro para analizarlo debidamente, sin prisas y sin pasión. Un año nuevo ha comenzado y por eso abro otra ventana. Una ventana que dá vista a un cielo azul celeste con un horizonte de letras grandes y doradas que dicen: Paz, Esperanza y Amor. ¿Seré y seremos capaces de ver esas letras, de luchar por ellas, de comprenderlas y de subir hasta las mismas para hacerlas nuestras y cubrirnos con su mensaje? Que la ventana del año que cierro nos dé el perdón de todas nuestras faltas y nos conceda el sueño reparador para poder descansar de este vieje en el tiempo de la vida. Que la nueva ventana del año que ha comenzado nos dé la luz suficiente para poder ver ese mensaje y saber ser capaces de vivir la vida y de luchar por aquello que está ahí, a nuestro alcance, en los demás, en nuestra familia, en nuestros amigos, en la persona desconocida que pasa a nuestro lado en la calle, en el árbol, en las aves y en toda la creación. Feliz año a todos sin distinción alguna, porque todos somos, en definitiva, parte del mismo árbol de la vida. Rafael Sánchez Ortega © 01/01/08 November 26 TE AMO MÁS ALLÁ DE LA DISTANCIA
Te amo más allá de las palabras. Te amo de una forma silenciosa, con suspiros, con ayes contenidos, con miradas que mando a la distancia, con recuerdos de tu cara y de tu cuerpo, con los cientos de detalles que conservo de esos días compartidos que pasaron tan deprisa.
Y me hago mil preguntas cada día, cada tarde y cada noche, porque extraño tu presencia y tu figura soñadora, porque siento que me ahogo y me falta hasta el aire que respiro, porque sé que tú estás lejos y a la vez estás muy cerca, en mi alma y en mi pecho. Porque quiero todo eso que me falta, tu sonrisa, tu mirada, tu palabra, tus caricias, tus silencios y tus sueños. Y me quedo repasando las preguntas, y ellas mismas, una a una van dejando las respuestas. Las respuestas de la vida, las respuestas que yo espero, las respuestas que yo ansío, las respuestas que yo quiero. Un suspiro se escapa de mi pecho, donde nace. Un suspiro me llega hasta los labios, donde muere. Yo lo aliento y le doy vida, necesito ese suspiro como el aire, necesito descargarme tanto peso que me agobia, y por eso lo traigo hasta tu lado, en esta hora. Sin embargo ese suspiro va más lejos, aunque muera entre los pliegues de mis labios, aunque quede entre los mismos retenidos. Va a tu lado en unas letras, con un tinte de nostalgia, aunque lleve en su fondo la esperanza, la alegría de saber que yo te amo, de sentir que tú me amas, de poder decirte todo esto sin palabras, con mis letras, con mi canto... Simplemente yo te amo, y me quema como el fuego este amor, este deseo y la pasión de tenerte entre mis brazos. De mirar tantas cosas con tus ojos, de reir con tu risa y con tus labios de sentir ese pecho que palpita, de escuchar esa voz en la ventana, ese mirlo que madruga, esa tierna golondrina que ya marcha... Te amo, con tus manos en mis manos, con mis labios en tu boca, con tus brazos en mi pecho, con mis manos que acarician ese cuerpo que suspira, ese cuerpo que me mira, que me besa... Y así te amo, mi amor, más allá de las palabras, más allá de la distancia y más allá de nuestro cuerpo y nuestra alma. Te amo, sí, solamente te amo. Rafael Sánchez Ortega © 08/11/07 November 10 DESDE LA DISTANCIA
Sí, hoy lucía el sol de manera distinta, incluso el azul del cielo se ofrecía brillante, majestuoso, invitando a cerrar los ojos. Parecía como si las manos invisibles de ese sol, a través del calor que dejaban sus rayos, llegara hasta su cuerpo y le acariciaran en un abrazo tierno y cálido.
Desde el patio de la iglesia, donde tantas veces había estado, se veían las montañas hermosas y desafiantes, con un pequeño toque blanco que las cubría, realzando aún más su belleza, como fruto de la nevada caída en las noches pasadas.
Cerró los ojos y dejó que una sonrisa viniera a sus labios. Aún sentía en su boca el sabor robado a los suyos. Notaba el dulce sabor de aquel beso, como si lo acabara de dar, como si hubiera tomado sus labios y su lengua hubiera estado jugando dentro de la boca amada, libando y robando ese néctar delicioso.
Era preciso parar el tiempo, y así lo hizo. Detuvo la hora y las imaginarias manecillas del reloj pararon su andar, y quedaron inmóviles, con un imperceptible latido, dentro de ese segundo, exacto del tiempo, donde él las había parado.
Disfrutó largamente de ese momento hasta que la vio salir con su gracia y salero, con la sonrisa eterna, con su pelo acariciado por el aire, con su cuerpo tan lindo y con sus ojos preciosos, esos ojos que buscaban ansiosos la vida.
¡La vida, sí!...
De pronto abrió los ojos. Como por arte de magia las manecillas del reloj se pusieron en marcha. La vida cobró nuevo ritmo, nuevo impulso y volvió a ver a la persona amada que le estaba llamando, que agitaba sus manos desde lejos, con su figura borrosa, como queriendo decir que allí estaba, que lo esperaba y que fuera en su búsqueda. Que no le importara el tiempo ni la distancia, ya que siempre lo estaría esperando.
De nuevo cerró los ojos y se quedó soñando. ¡Sí, soñaba con la persona amada!, con la que apenas había cruzado una mirada, con la persona que, sin embargo, llenaba los espacios de su vida y a la que iba a buscar todos los días cuando salía del trabajo, a esa persona que miraba escribir por encima de su hombro y ante la que se inclinaba para escuchar en su oído las mismas canciones que a él le gustaban, esa persona que le miraba desde la distancia y le contaba tantas cosas de su vida.
Porque esa persona dormía a su lado, compartía su vida, hablaba su propio idioma y hasta miraba por sus ojos. Esa persona, la que conocía también y de la que sabía tanto, como ella sabía de él, era la persona de las mil preguntas, de los mil porqués y en definitiva, era la persona de la que se había enamorado locamente, un día, una mañana, una tarde, ó incluso una noche, (ya no lo sabía bien), en un tiempo pasado y de la que aún seguía enamorado, bebiendo su aire, oliendo su perfume y sudando con ella mientras la estrechaba entre sus brazos.
Sí, hoy lucía el sol, pero de manera distinta. Lucía simplemente bajo el influjo de la sonrisa amada, aquella tan cercana y a la vez tan lejana, pero que estaba ya dentro de su corazón, cosida con un hilo invisible y, en el recuerdo de un beso depositado en una cuartilla, en unas letras y, en una carta enviada desde la distancia.
Rafael Sánchez Ortega ©
30/09/07
October 01 TODO FUE UN SUEÑO..."...Y en realidad así era, la vida estaba compuesta de un sueño simplemente. Un hermoso sueño, tierno, lleno de misterio y dulzura, pero al fin y al cabo un sueño solamente.
Un sueño como el que vivimos los dos en la distancia y, del que muchas veces, no sabemos si es la realidad de alguien que suspira, ó el grito desgarrado de un alma desesperada, llena de amor y, deseosa de compartirlo con la persona amada.
Los sueños son así. Quizás todos los hemos pasado a lo largo de nuestra vida. Sueños de amor, de odio, de esperanza, de frustracción. Sueños de ilusiones con un mundo mejor, con una vida más agradable, con poder dar a la persona amada aquello que tantas veces has soñado, con poder tomar su mano, mirar sus ojos, escuchar las palabras de sus labios y quizás, en un momento perderse los dos, buscando más allá del infinito.
También fue un sueño el amor prometido, las palabras recibidas, las letras leídas una y mil veces en la carta que te sabes de memoria... Amor y sueño... ¿Dónde acaba el sueño y dónde empieza la realidad?... ¿Lo sabes tú amor mio?, porque si tienes la respuesta dímela. La busco desde hace tiempo, desde hace años. La busco en las personas, en las gentes, en las cosas, en la calle y en las casas. La busco en las Iglesias y también en las tabernas. La busco por los cielos y en los mares, la busco por los bosques y en los ríos, la busco en las montañas y en la playa...
La busco en tantas partes que al final puedo decirte que alguna vez he creído tocarla con la punta de los dedos, pero sólo ha sido un momento, un instante fugaz, un espejismo que me hizo suspirar y cerrar los ojos, para luego evaporarse en la inmensidad del tiempo y del espacio dejándome, nuevamente, a solas con mis sueños.
Porque en definitiva la vida, mi vida, quizás es un sueño y a veces no quisiera despertar nunca de él, y más ahora, cuando tú estás dentro de ese sueño, cuando has penetrado en el mismo, cuando te abrazo y te siento en cada minuto del día, cuando siento tu latido que responde como un eco al que sale de mi pecho, cuando veo tus ojos al cerrar mis pupilas, cuando siento tus besos en mis labios y tu cuerpo entre mis brazos, mientras acaricio tu pelo alborotado, y tu cara de niña traviesa...
Sí; mi vida es un sueño. Quizás siempre lo fue, pero ahora es un hermoso sueño porque tú, con tu realidad, estás dentro del mismo, y le das vida y haces que yo la sienta de una manera especial, de una manera distinta ya que ahora existe un alguien y un algo por qué luchar, por qué vivir y por qué soñar..."
Rafael Sánchez Ortega ©
21/05/07 August 28 TE BUSCO Y TE ENCUENTRO"...Es un día gris y llueve ligeramente. Quizás es un día más, igual que otros que han pasado a mi alrededor a lo largo de la vida. Sin embargo el día es diferente porque te extraño. Busco tu silueta, busco tu figura, busco tu mirada, busco tu sonrisa, busco tu palabra, busco tus manos para tomarlas entre las mías, y busco tu amor en la distancia...
Y te encuentro. Encuentro tu silueta entre las sombras de mis recuerdos. Encuentro tu figura surgiendo entre la niebla y la bruma, que llega a mi lado. Encuentro tu mirada, la de esos ojos inolvidables que tantas noches he contemplado. Encuentro tu sonrisa, la que asoma a tus labios tímidamente y que también dejas resbalar por tus ojos de princesa. Encuentro tus palabras en el eco que dejaron en mi alma, en ese cuerpo de mujer al que adoro. Encuentro tus manos que se extienden hacia las mías para que las tome, para que te lleve de paseo más allá del infinito. Y encuentro tu amor, aquí, en mi corazón, ya que la distancia se ha reducido tanto que con sólo
cerrar los ojos puedo verte, sentirte, tocarte, escucharte y saber que estás aquí, como siempre has estado, desde que te conocí, en el fondo de mi alma..."
Rafael Sánchez Ortega ©
19/05/07 August 22 UN RECUERDO EN EL PARQUEAún recordaba bien aquella frase, ese conjunto de palabras que le dijo antes de la despedida. Recordaba su cara juvenil, sus ojos penetrantes y transparentes, su pelo que invitaba a tocarlo, en una caricia. La suavidad de sus labios, inocentes y sensuales, que pedían en silencio ser besados, sus manos finas, con aquellos dedos que tantas veces habían acariciado su cuerpo.
Y la recordaba también alejándose de su lado, con su paso firme, su andar desenvuelto, y dejando tras de sí mil sensaciones diversas que arrancaron un suspiro de su pecho.
Y se fue una tarde. Tomó el tren que la llevaba lejos, mientras él se quedaba en el andén mirando el vagón que lentamente daba los primeros pasos y la mano que, en la ventanilla, le decía adiós.
La estación se fue quedando desierta, nadie pasaba ni tampoco circulaban los trenes. Era tarde ya. Recordaba que salió afuera, a la gran ciudad, a buscar de nuevo su rumbo, su destino entre las sombras de las avenidas, entre las paredes solariegas de las grandes fachadas, en la inmensidad de la muchedumbre que caminaba y vivía intensamente en un desordenado orden de luces y ruidos.
De pronto se dio la vuelta. Corrió de nuevo a la estación y penetró en la misma respirando agitadamente. Pero no, era tarde y bien que lo sabía. El tren ya había partido, porque él le vio marchar, y no había nadie esperando. Ella se había marchado. Ni siquiera la lejana esperanza de una avería se veía reflejada en la vía silenciosa y desierta, con los railes huérfanos de los vagones que esperaba encontrar.
Llevó su mano al bolsillo y sacó una carta. La había escrito en la mañana y pensaba dársela, a ella, antes de partir. Pero no, ya no era posible, se había marchado sin sus letras, sin su mensaje. Sin las palabras que no supo decirle mirando a sus ojos, unos momentos antes.
Y allí estaba él, en el vacío y frío andén de la gran estación, cuando ya el último tren había partido con su amada. La mirada perdida en la distancia, con la carta en la mano y un mensaje que no llegó a su destino, el corazón compungido y lleno de recuerdos y, en especial aquel, que le traía una cara enamorada, una cara sonriente, una cara llena de alegría con un brillo especial en sus ojos: "Esperaré en el andén hasta el último minuto y cuando te vea aparecer, corriendo en la estación, subiremos al vagón que nos espera..."
Sin embargo allí estaba él, parado en un andén vacío por culpa de las comunicaciones, de los autobuses y del metro. Había llegado tarde y nadie esperaba en la estación. Había corrido con la vana esperanza de un milagro, y aquí estaba, de nuevo solo, en la húmeda y fría estación. De nuevo a solas con sus recuerdos y con esa parte soñada.
Tendría que esperar nuevamente, tendría que crear un nuevo sueño, tendría que madrugar más y buscar que nada ni nadie le impidiese tomar aquel vagón y despedir luego, a la persona amada.
Recordaba ahora todo esto, en el silencio del parque, mientras escuchaba cantar a los pajaritos en los árboles, saludando a la incipiente primavera.
Recordaba sí, recordaba estas y muchas otras cosas, mientras dormitaba al abrigo del sol de la tarde y esperaba el tañido del reloj de la plaza que le dijera que ya era hora, de volver para casa, porque la tarde había terminado y empezaba a anochecer.
Rafael Sánchez Ortega ©
May 18 CIEGO DE AMOR...Hacía tiempo que no la visitaba y fue a buscarla en la tarde. Llamó a su puerta, como
siempre, con los nervios impropios de personas que ya se conocen, pero algo le hacía
sentirse siempre incómodo, como responsable de un poema inacabado.
Ella estaba preparada para salir. Llevaba su vestido largo y un abrigo ligero para
protegerse del frío. El, tomó su mano y bajaron a la calle.
Caminaron lentamente por la ancha avenida, mientras hablaban y se preguntaban
tantas cosas que tenían pendientes. Hablaron de la familia, del trabajo, de los
amigos, y hablaron de la poesía.
Y fue aquí, al comenzar a rememorar viejos recuerdos, viejos proyectos
abandonados, viejos sueños no cumplidos, cuando una nota de nostalgia le invadió y
le hizo mirar fijamente a la persona que llevaba de la mano.
Allí estaba la persona amada, la que un día fue la luz de su mirada, la persona para
quien escribió sus más bellos versos, la musa de tantos poemas...
Sí, allí estaba, con su fina mano entre las suyas mientras en la otra llevaba el bastón
que la ayudaba a tantear el terreno y buscar ese punto de apoyo. Hablaba de poesía, como siempre. Vivía la poesía, ya que era su vida, porque ella era
poesía a pesar de su ceguera, a pesar de que sus ojos no tuviera vida, pero sí luz
para sentir lo que pasaba a su alrededor, para recordar intensamente los años vividos
antes del accidente, para plasmar todos aquellos sentimientos en las cuartillas y hacer que muchos lectores sintieran humedecerse sus mejillas.
Notó que otra vez su corazón se aceleraba, que sus mejillas ardían, que sus labios
temblaban como buscando la frase, la palabra adecuada, el susurro oportuno para
llevar a los oídos de ella aquello que deseaba decirle y que tenía retenido durante
tanto tiempo en su pecho.
Pero siguieron hablando en el paseo. No tenían prisa, nadie les apuraba, nadie les
esperaba. El caminaba feliz a su lado, quería disfrutar de esos minutos, de esos
instantes en que la tendría a su lado.
...Ella seguía hablando. Le preguntaba las mil cosas pendientes desde el último
encuentro. El le contestaba mientras la miraba, mientras sentía el calor de sus dedos
entre su mano, mientras guiaba sus pasos en la acera y la hacía sentir más segura a
su lado.
Después de un largo rato decidieron volver para casa enfrascados en la conversación
y en los recuerdos. Cuando se dieron cuenta se encontraron perdidos. El había
tomado otra calle y estaban a varias de su piso.
Entonces sonrió y se dijo que quizás la persona que llevaba de la mano no era ciega
y que el ciego lo era él, el lazarillo de hoy en la tarde, el de todos los días, el que no
era capaz de subir a ese piso, de llamar a una puerta y decirle a la persona que
ahora llevaba de la mano, que la amaba.
Porque en definitiva habían sido tantas cosas en la vida, habían compartido tantos
momentos, habían soportado risas, llantos, momentos de triunfo y decepción, se
habían ayudado, corregido, y también, se habían besado...
Pero a él le faltaba dar ese paso, tomar el bastón de ella y tirarlo a la basura. Sacar
de ella, esa sombra del pozo de su propio infinito. Volverla entre sus brazos, y decirla
que sí, que deseaba compartir con ella su poesía, que deseaba vivir intensamente,
que deseaba amar y vivir a su lado para hacerla feliz, para ver su sonrisa cada día, para describirla el sol naciente ó la lluvia en los tejados, para dibujar entre ellos al viento que pasaba, y para intentar, a su lado, escribir y vivir, el poema más hermoso
de su vida.
Rafael Sánchez Ortega ©
21/03/07 May 08 ESCRIBO PARA TI...Escribo mientras miro tu cuerpo tendido en mi costado. Escribo mientras te velo en ese sueño, de luz y fantasía, al que tus ojos dan vida. Escribo mientras rozan mis dedos la piel, tan suave, de tu cuerpo, como trazando un arabesco, en estraña filigrana, que te haga estremecer.
Escribo simplemente en el cuaderno, sin atender a guiones sin seguir un patrón definido, sin esperar que nadie dicte lo que pongo, sin prisas que marquen los relojes, sin apuros de nadie que me inquiete, sin pensar en que puedas despertar y verme así, escribiendo a tu lado, mientras acaricio tu pelo y contemplo la hermosura de la tarde a través de la ventana.
Escribo con tu cuerpo recogido a mi lado, con los brazos buscando la almohada, y mirando el movimiento imperceptible de tu pecho, su respiración acompasada, la sonrisa naciente de tus labios, tu carita sonrosada y traviesa, tus manos delicadas acariciando ese cuerpo invisible con que sueñas, y mirando también, la curva sinuosa de tus senos y cintura que recorro con mis dedos, y que luego deslizo a tus caderas, hasta que siento un leve estremecimiento en tu cuerpo y me detengo.
Sí, detengo la mano, detengo los dedos inquietos y los vuelvo a la pluma, al cuaderno, para que sigan describiendo este rato, este momento sublime en que estoy aquí, a tu lado.
Levanto la cara un instante y lanzo un suspiro. Luego acerco mi cara a tu cara, mis labios a tus labios y dejo en ellos un suave beso. Un roce apenas, sutil y envolvente, en el que deposito esa caricia y ese deseo contenido, que quiero darte y entregarte en esta tarde.
Escribo sí, escribo en esta tarde. Escribo mientras duermes, escribo para ti. Escribo, para que al levantarte veas estas líneas, y yo pueda seguir el candor de tu mirada mientras miran el cuaderno, mientras tus pupilas acarician mis versos, mientras veo tu sonrisa sincera y cálida brotar nuevamente de tus labios, mientras siento el brillo de tus ojos que ven más allá de este viejo cuaderno, donde he depositados mis letras.
Y te abrazo ahora, te abrazo mientras duermes. Pero lo hago con la suavidad del amante, del poeta. Esa persona que busca tu amor y tu cariño más allá del cuerpo tendido a su lado, más allá de la respìración acompasada de tu pecho, más allá de la luna y las estrellas, más allá de ese bosque de encinas y de robles, más allá de los mares que navegas, más allá de tus sueños y quimeras...
Escribo para ti, amor de mis amores, y escribo en esta tarde, en que velo tu sueño y colmo tu cuerpo de caricias. Escribo, sonriendo, al ver la sonrisa, naciente de tus labios, tras mi beso.
Escribo, simplemente para ti, la niña de mis sueños, la flor de primavera, la luz de la mañana, la musa de mis versos.
Rafael Sánchez Ortega ©
17/03/07 April 19 UNA PERSONA DIFERENTEConocí a una persona peculiar una tarde. Era una chica aparentemente abierta, habladora, con una gracia sin igual y se la veía llena de vida. Nos presentaron y le di la mano. Ya me había fijado en ella alguna vez, pero nunca hasta ese momento había tenido oportunidad de saludarla.
Al tomar su mano tuve la fortuna de poder ver sus ojos. Eran unos ojos bonitos pero con unas nubes que cegaban el brillo que los mismos debían tener, y que debían también reflejar la alegría exterior que aquella chica derrochaba sin cesar. Sus ojos se fijaron en los míos y creí percibir un ligero temblor, fue un algo imperceptible, algo que incluso noté en la mano que tenía entre mis dedos. Cruzamos unas palabras de saludo y ambos regresamos a nuestro sitio. Yo la seguí mirando. La miraba a hurtadillas, casi sin que se diera cuenta y alguna vez pude observar que nuestras miradas se cruzaban, porque quizás a ella le pasaba lo mismo, que miraba con curiosidad a mi persona. Días más tarde nos encontramos y nos saludamos. Hablamos de varias cosas y poco a poco fue naciendo algo, entre nosotros, que hizo que sin darnos cuenta, nos fuéramos confiando muchas cosas. Cosas que normalmente no se dan, ni se cuentan ni se comentan con nadie, incluso ni con los amigos más cercanos. Una noche ambos nos dimos cuenta de algo, y era que había nacido un sentimiento entre nosotros, algo diferente a la amistad, pero a la vez sujeto a una serie de normas y reglas que quizás impedían hacer de ese sentimiento una realidad, por la forma de vida que ambos llevábamos. Sin embargo no nos dijimos nada. Bastó con que nuestras miradas se volvieran a encontrar, y nuestras palabras se cruzaran para darnos cuenta de ese detalle importante. A partir de entonces todo fue diferente, cada encuentro estaba rodeado de un interés especial por mi parte. Era como si llamara a una puerta pidiendo un poquito de agua para beber, y alguien, en este caso ella, saliera con una bandeja y el vaso para ofrecerme aquel líquido precioso que guardaba en su pecho. Otras veces era yo, el que pasaba por delante de su casa, de su puerta, y allí estaba ella, esperando, quizás esperándome, con el agua para calmar mi sed y la palabra para atender a los latidos de mi corazón. Un día escribí un poema y se lo entregué. Al leerlo vi sus ojos llorar y también pude contemplar todo lo que tras esas lindas pupilas se encerraba. Así me di cuenta de que la alegría exterior era cierta, pero dentro, en su alma había una gran carga, un peso enorme y una cantidad de problemas que me hubiera gustado poder resolver, pero eso no estaba en mi mano y por eso simplemente le ofrecí mi hombro, para que apoyara su rostro y pudiera llorar en él sin temor ni miedo a que yo viera las lágrimas rodar por sus mejillas. En ese momento me di cuenta de la gran cantidad de amor acumulado en el alma de esta persona, de esta vida que tenía entre mis brazos y pensé en lo poco que era yo, en lo frágil de mi abrazo y en lo apenas consistente de mi persona para apoyar y ayudar a una persona que necesitaba algo más de lo que yo podía darle. Volví la vista atrás, a unos días anteriores, cuando en un impulso mecánico me tuve que apartar de una barandilla en las cercanías del faro ante la tentación que vino, por sorpresa a mi cabeza, y me invitaba a apoyarme en aquella cerca que separaba el terreno firme del vacío para que accidentalmente pudiera caer al acantilado. Me dije que quien era yo para dar apoyo, abrazar y animar a una persona llena de vida, de ilusión y cariño, aunque con el corazón tremendamente dañado por la vida y las circunstancias, cuando estaba lleno de dudas, de vacilaciones y ni siquiera sabía cual era mi norte. Y de pronto me vi llorando. Sí, lo reconozco, lloré. Lloré en silencio y sobre el hombro que tenía abrazado. Ella debió notar mis lágrimas, quizás alguna bajó a su cuerpo y penetró bajo la tela de su vestido. Alzó su cara llorosa, se limpió una lágrima y al ver mi rostro no dijo nada, solamente su mano vino a mi cara, rozó con sus dedos suavemente mi piel y me enjuagó una gota que se había deslizado por mi mejilla. A continuación me dio un beso y puso un dedo en mis labios que besé. Nos despedimos en la noche y nuestros cuerpos se separaron. Algo nos había unido y un secreto se había establecido entre nosotros. Un secreto que no necesitaba de palabras y que bastaba solamente con la mirada, con el silencio y con esas pequeñas cosas que quizás la vista humana no capta, pero sí los sentidos de las personas con un corazón sensible y especial, como el que tenía esta chica. Hoy es martes, primer día del año; de un nuevo año. Esta noche la he visto, la he saludado, la he felicitado y simplemente he notado su cariño, su amor y todo lo que lleva en su interior. El amor es como el fuego que necesita leños para que no se apague y que la llama esté siempre viva y dispuesta a dar vida y calor a la hoguera. Quizás el amor necesite de la palabra, pero también de la mirada, de la caricia, de saber escuchar sin preguntar nada, de ser, a la vez, capaz de hablar y contar todo aquello que retienes en el alma y que solo te atreverías a decir a la persona amada. El amor puede ser eso y muchas cosas más, sólo hace falta buscarlo, y si lo encuentras, si das con él, sencillamente alimentar día a día, noche a noche, esa brasa para que nunca se apague el sentimiento nacido y que el mismo llene el alma y arranque los mil suspiros retenidos. Rafael Sánchez Ortega ©
01/01/07 |